


AGUA & TIEMPO
Instalación en casa de mi abuela, Exposición Fuera de bases
video en monitor, 28 frascos con clorofila, 1 frasco con tinta roja, un canasto tejido con junquillo, rama, cornamenta de ciervo, círculo de tierra, 2 cuencos de cerámica con agua y sistema de reloj dispuestos en el espacio
2021
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Fuera de bases: la institución va por detrás
«La familia tiene un lenguaje que sólo la casa conoce»
Armando Rubio
Tamara Müller me contacta un día de septiembre para contarme acerca de los últimos aconteceres de su carrera artística y para presentarme la idea de un proyecto que tiene que ver con lo siguiente: los concursos de arte ―instancia que las y los artistas jóvenes de nuestro país tienen como vitrina para posicionarse en la escena local― no parecían ser para ella. Las fechas, los formatos y las bases terminaban por desconcentrar su proceso de trabajo más que alimentarlo.
Y al mismo tiempo, se encontraba viviendo en una casa semi deshabitada y con múltiples habitaciones que perfectamente podían usarse para una exposición colectiva. Llegamos a la idea de una exposición que alojara obras rechazadas por los concursos y artistas cuyos perfiles no calzaran necesariamente con el currículum que va sobre el papel.
Los formatos curriculares se cuadran inevitablemente, beneficiando a unos por sobre otros, quedando en evidente desventaja aquellas personas que hayan decidido dar espacio a la maternidad o aquellas personas que deban destinar tiempo y energía a actividades fuera del mundo de las artes para solventarse económicamente, por poner algunos ejemplos. Así mismo, el formato del concurso artístico va uniformando a la escena artística nacional. Las obras se van pasando en limpio, como quien dice.
Y no, no es imprescindible que las obras guarden parte de esa suciedad del espacio de taller, ni que sugieran los devenires del ejercicio, ni del error, necesariamente. Pero sí sería un error que la escena artística descansara sólo en los fondos estatales, los concursos y las convocatorias que abren las galerías. Porque las obras terminan uniformándose, como dije, a las peticiones de la institución. Y la institución siempre va por detrás.
¿Qué sería de nosotros si los impresionistas, a finales del siglo XIX, se hubiesen limitado a exponer ―o, mejor dicho, a no exponer— en los salones de otoño? ¿Bajo qué paradigma artístico estaríamos hoy ―sobre qué discutiríamos— si los dadaístas no hubiesen organizado un salón independiente? ¿Cómo hubiésemos llegado a conocer al urinario de La Baronesa Dadá, considerada hoy la pieza más significativa del arte del siglo XX?
Estas ideas pusieron en marcha la organización de la exposición “Fuera de bases” y terminaron enlazándose inevitablemente con el espacio que alojaba la muestra: la casa de los abuelos de Tamara. Una casa llena de rincones e historias que ha cumplido su ciclo y que está a la espera de ser demolida, pues tampoco cumple ya con las bases de aquello que se busca en una casa.
Cruzando el portón nos daba la bienvenida una obra de Wiki Pirela, una especie de cadáver exquisito en textil que recuerda las colchas que se construyen colectivamente para contar una historia, al tiempo que guarda aires de bandera pirata. Un poco más allá, las esculturas de Mariette Lefranc parecían haber habitado ese patio desde siempre. Una vez dentro de la casa nos encontramos con una habitación inmersiva, con animaciones digitales (realizadas a partir de acuarelas) de la artista Alejandra González, puestas en diálogo con uno de los sillones de la casa. En la entrada, la escultura de Allan Daille fue pateada tan a menudo por los visitantes que abrió un sinnúmero de veces el debate acerca de la intención del artista y la fragilidad de la obra. Si se miraba hacia arriba, se encontraba la obra de Gonzalo Elizalde: un homenaje que el artista rinde a su trabajo —paralelo al arte— en la construcción. Sobre la chimenea se dispusieron unos frasquitos de vidrio con clorofila de Tamara Müller, que terminaron por ser una especie de documentación del paso de la luz. Más allá, la obra pictórica de Laura Ahumada transformaba el espacio del comedor en el taller de una pintora, teñida por el insistente olor a óleo y por gestos expresionistas sobre telas sin bastidor que parecían alfombras. Más allá, otra alfombra, la del taller de Laura Behnke, acompañaba a sus piezas diminutas de cerámica, como entregándoles un poquito de hogar. También invitamos a exponer a Catalina López, artista que aún no egresa de la escuela de arte, cuyo trabajo en proceso ―micro paisajes en frascos de vidrio― fue quizás el más convocador. En la habitación del fondo, la obra de Asunción Mena parece levitar en el espacio: una línea curvada flotante que usa un perímetro casi inexistente, pero que llena el lugar. Curiosamente, la obra de Asunción también tiene un vínculo estrecho con su abuela. En el sótano, el día de la apertura Nicolás Morrison (quien se sumó a la labor curatorial junto a Tamara y a mí) realizó una intervención sonora, junto a Javier Ried. Mientras ellos emitían sonidos desde la oscuridad, las obras ya mencionadas se iluminaban sutilmente con lámparas de casa.
El único artista que realizó una pieza específica para la muestra (pues, por temas de tiempo, al hacer la invitación convocamos obras que ya estuvieran hechas o avanzadas), fue Cristóbal Lanzarini. Cristóbal se paseó por la casa. Insistió en la casa. En la estructura de la casa. En la mudanza de una casa. La casa. La casa. La casa. Lo que terminó sucediendo con su obra se cruza con asuntos que van más allá de nuestra comprensión. Cristóbal realizó una instalación con cartones y huincha de embalaje que simulaban vigas estructurales. Iban de techo a suelo, en direcciones oblicuas. Y cuando, en el día de la inauguración ―ya con todo montado— algunos subimos al entretecho de la casa por mera curiosidad, nos encontramos allí, atónitos, nuevamente con la instalación de Cristóbal. La misma cantidad de vigas, de la misma contextura, iban de techo a suelo, en las mismas direcciones oblicuas.
Finalmente, fue como si la casa nos hubiese servido a nosotros —agentes independientes del arte— para realizar nuestra exposición; una exposición en la que podía olerse el ejercicio artístico, al mismo tiempo que nosotros le servimos a la casa, para realizar, dentro de su arquitectura, una última performance, antes de su adiós.
Por Camila Alegría

